En lenguaje cotidiano usamos libertad para casi todo: tener dinero, disponer de tiempo, poder viajar, elegir profesión. En filosofía política la pregunta es más concreta: cuánto espacio de decisión puede conservar una persona frente a otras personas y frente al poder.
Por eso una sociedad libre sigue teniendo reglas. Contratos, propiedad, normas contra la violencia y mecanismos de reparación pueden ampliar el espacio de libertad al impedir que unos conviertan su voluntad en obligación para otros.